Bromeliáceas: el ananás y sus parientes ornamentales

Historia del ananás y de sus parientes: las Bromeliáceas. 1.400 especies de América tropical que se adaptan a situaciones imposibles, hasta vivir de aire. Numerosas plantas de departamento.

 

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Texto © Giuseppe Mazza

 

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

Piña de fiesta, con una corona verde en la cabeza, símbolo de riqueza y de los trópicos, el “perfume de perfumes” de los indígenas brasileños, el Ananás (Ananas comosus), no podía no terminar en Navidad sobre la mesa de almuerzo.

Cuando entre el estupor general llegó a España, con las primeras fabulosas expediciones comerciales del Nuevo Mundo, Carlos V rechazó probarlo, temiendo ser envenenado; pero luego el insólito fruto se impuso a tal punto entre los nobles, que sólo hace dos siglos era cultivado en Italia, para los banquetes, en los viveros de la Villa Real en Monza y de los marqueses Cusani en Desio.

Hoy un lindo ananás cuesta poco más que un kilo de miel. Milagro de los transportes, de la mano de obra económica y del sol de los trópicos, donde esta preciosa especie sudamericana se ha impuesto en todas partes, con una producción en ascenso de casi 4 millones de toneladas por año.

El cultivo, destinado en 2/3 al consumo local, es muy sencillo. Basta sacar los retoños que crecen desde la base o desde el fruto, plantarlos y esperar. Cuando las hojas, llenas de espinas en los bordes como los agaves, alcanzan el metro, surge del centro un largo tallo florífero, tapizado de pequeñas corolas azules de tres pétalos.

Luego los ovarios se hacen carnosos, fundiéndose entre ellos y el todo se hincha en una característica infrutescencia en piña, llamada “sincarpo”, llena de una dulce pulpa dorada. Rica en carotenoides, ácido cítrico, potasio, calcio, hierro, vitaminas A y B, se ha descubierto que contiene también una potente enzima digestiva, la bromelina, de naturaleza análoga a la pepsina, en grado, como ésta, de elaborar las proteínas.

Grata e inesperada noticia, para los glotones; pero no menos sorprendente es el hecho de que de las hojas del ananás se obtiene una fibra sérica y fresca, para tejidos apreciados (batista de ananás), y que una de sus formas hortícolas de rayas amarillas con tonalidades rojas, es vendida corrientemente por los floristas como planta para departamento.

Los parientes cercanos del ananás, las Bromeliáceas, brillan aún más de dotes hortícolas.

¿Quién no ha recibido, para las fiestas, las escultóreas e indestructibles “flores” rosa estrelladas de la Aechmea fasciata (en realidad son inflorescencias maduras, a menudo ya con semillas); una Guzmania, una Vriesea o un Nidularium con libreas más encendidas que Papá Noel; una Neoregelia carolinae de largas hojas tornasoladas; un florero de cristal con unos Cryptanthus, o un artístico composé de Tillandsia enraizado en un bambú o en una piedra?

Son todas Bromeliáceas, los miembros más ilustres de una rica familia botánica, con casi 60 géneros y 1.400 especies al decir poco versátiles.

Ampliamente difundidas desde los Estados Unidos hasta la Argentina con un representante (Pitcairnia feliciana) en la punta extrema de África Occidental, justamente confirmado por la deriva de los continentes, estas plantas se reconocen sobre todo por la disposición en “roseta” de las hojas.

Una estructura en espiral, en cuyo centro, especialmente en las epífitas, se forman a menudo unos pocitos, hasta de 5 litros, para la recolección del agua de lluvia. Un rico microcosmos de algas, plantitas acuáticas como la Utricularia, moscas, avispas y coleópteros sedientos, larvas de mosquitos y hasta renacuajos de anfibios: animales que de otro modo no podrían vivir y entregan a cambio a la planta los frutos de su metabolismo y sus despojos.

Una preciosa reserva aérea de compuestos hidrogenados, que son absorbidos lentamente, un poco como sucede con las plantas carnívoras, por especiales filamentos de las hojas. Sólo que aquí la muerte de los huéspedes es casual, y por lo tanto, nunca deseada.

Útiles y gentiles, estas Bromeliáceas, no matan y no parasitan a nadie. Usan la planta huésped sólo como sostén, para buscar la luz más arriba, hacia la bóveda de la selva, y en vez de estrangularla como las lianas, y llevar arriba y abajo la linfa con un molesto tallo, toman directamente el agua del cielo y el alimento de su “mini-estanque” arbóreo.

Las Tillandsia, unidas a modo de líquenes a cada especie de sustrato, incluso los cables del teléfono, están ciertamente entre los más frugales representantes del mundo verde. Abandonada también la estructura en pocito, se nutren en efecto sólo de polvo atmosférico, capturado con el rocío y el agua de lluvia, por especiales pelos a escamas que se levantan hinchándose como esponjas cuando llueve, y se cierran sobre las hojas cuando está seco, reduciendo al máximo la evaporación.

Plantas dúctiles y resistentes, las Bromeliáceas, capaces de soportar durante meses la sed al límite de los desiertos, quizás sobre un cactus, o sobre rocas quemadas por el sol (Hechtia sp.), pero adaptadas también a las húmedas selvas lluviosas, a los pantanos, a los terrenos salinos y a las montañas envueltas por la niebla: prácticamente todos los ambientes posibles en su área de distribución.

Las flores, de tres pétalos, a menudo azules, son por lo general muy modestas, pero también las hojas participan generalmente, con mucho empeño, en la seducción de los pájaros en vuelo.

En el período reproductivo aquellas internas de muchas especies forman reales y propias “libreas nupciales”: colores vistosos y estrías que luego desaparecen; para no hablar de las brácteas, amarillas o bermellón, tan encendidas en los tintes hasta ser comúnmente confundidas por flores. Pueden durar semanas, seguidas a menudo, durante meses, por bayas o cápsulas de colores, y dado que el aparato radical muy reducido permite a casi todas las Bromeliáceas crecer en macetas estrechas, es fácil intuir que tienen los papeles en regla para la “vida en departamento”.

Sólo existe la dificultad de la elección: además de las fantasiosas inflorescencias, también las hojas, largas de 5 cm a 3 m, presentan efectivamente formas y diseños muy variables. Grandes oportunidades para todos los gustos, entonces, con plantas de todos modos muy resistentes.

Es suficiente evitar los golpes de frío (la temperatura no debería nunca bajar de 16º C), y reducir los riegos en invierno, cuando estas especies están en reposo, y la humedad con el frío puede fácilmente causar marchitez.

Naturalmente son necesarios de 3 a 30 años para que de una semilla de bromeliácea, esparcida por los pájaros, por los insectos o por el viento, nazca una flor. La selva no tiene prisa; pero en cultivo es preferible quitar los retoños basales, que surgen casi siempre abundantes, apenas alcanzan 1/3 de la talla adulta.

 

SCIENZA & VITA NUOVA  – 1991

 

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