Iridáceas sudafricanas: espectaculares parientes de los iris

Las iridáceas sudafricanas son de una belleza insolente. Flores de estilo insólito parientes de los iris. Cómo cultivarlas en nuestros climas. Las flores del número 3. Tienen justamente 3 pétalos, 3 tépalos, 3 estigmas, 3 estambres, 3 cavidades del ovario. El enfoque botánico de las iridáceas, que ostentan casi 40.000 formas cultivables, con flores de todos los colores, también verdes.

 

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Texto © Giuseppe Mazza

 

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

Con casi 70 géneros y 1.800 especies, las iridáceas no son sólo los iris (200 especies), los gladiolos (300 especies) y los crocos (70 especies). Estos tres géneros se imponen con más de 40.000 formas cultivables, pero también las Galaxia, Ixia, Aristea, Lapeirousia, Geissorhiza, Moraea, Dietes, Romulea, Babiana, Sparaxis o las Watsonia pertenecen a la misma familia botánica.

Nombres a menudo desconocidos en Italia; fantasiosas variantes en una única estructura; flores con el gusto por el detalle que aman, decididamente, todo lo que es una tríada: tres pétalos y tres tépalos, a veces unidos en la base en una especie de embudo, un ovario con tres cavidades, casi siempre ínfero, tres estambres y tres estigmas, a menudo filiformes, pero que pueden tener también un aspecto carnoso, similar a pétalos, como en las moráeas o en los iris.

Las hojas con nervaduras paralelas, a menudo dispuestas en abanico, como espadas, revelan inmediatamente la pertenencia a la clase de las Monocotiledóneas, y bajo tierra, rizomas, bulbos o tubérculos, preciosas reservas de energía, permiten increíbles sprints vegetativos y superar durmiendo, sin daños, largos inviernos o candentes veranos secos.

El centro de difusión de las iridáceas parece haber sido Sudáfrica, y una visita a la Provincia del Cabo es un poco como una zambullida en la historia de la familia, un viaje al descubrimiento de los antepasados y los primos de la especie de nuestra casa.

Cuando en las áridas colinas de Sprinngbok, vi una Moraea serpentina quedé, en ese momento, sin respiro: en ese infierno de arenas graníticas, donde en verano en el suelo se superan los 70 °C, crecía un iris.

De apenas 10 cm de altura, pero perfecto, con cuatro hojitas filiformes, enroscadas en tirabuzón como la cola de los tres cerditos, y una flor de tres centímetros y medio, enorme respecto al resto, completamente similar a un lirio.

Toda su fuerza está en un pequeño bulbo que reposa por meses bajo tierra y saca muy rápidamente, como lluvia, todo lo que le sirve: 3-4 hojas rizadas, levantadas en balancín, para aumentar la superficie de fotosíntesis sin desperdiciar demasiados líquidos o quemar el suelo, un corto robusto tallo y una “costosísima” y efímera flor, rica de néctar.

No precisamente un lujo, porque acapararse los pocos polinizadores que vuelan al límite de los desiertos significa reproducirse.

Si luego, por motivos climáticos u otro, no se produce la fecundación, el deber de hacer semillas pasa a un segundo pimpollo, de repuesto, que crece discretamente más abajo.

Sobriedad, prudencia y belleza franciscana: la Moraea serpentina ha entendido todo lo que cuenta en la vida y lo ha puesto en práctica.

Muchas especies, como la Moraea aristata o la neopavonia, tienen sobre los pétalos “ojos”, elegantes manchas oscuras, similares a escarabajos, que invitan a los coleópteros a descender.

Es el desfile nupcial, el momento en el cual estas plantas, animalizándose, seducen a los polinizadores con contrastes cromáticos, luminosos reflejos y formas extrañas. Los colores y los diseños deben llamar rápidamente la atención de los pasantes y las líneas convergentes hacia los estigmas, en la “ruta del néctar”, sirven para el aterrizaje a vista y para señalar sin equivocaciones, a los insectos, el recorrido más favorable para la polinización. Ninguna ocasión es desperdiciada y todo debe ocurrir rápidamente, antes que la efímera corola se marchite.

La Dietes grandiflora, una especie rizomatosa como la mayor parte de nuestros iris, tiene una muy vasta distribución, desde la Provincia del Cabo en África del este, a través de Natal, y ostenta las flores más grandes. Blancas, manchadas de amarillo y marrón, con vistosos estilos malva, alcanzan los 10 cm de diámetro.

En el extremo opuesto, los de las Lapeirousia, las graciosísimas «Painted petals» de los sudafricanos, superan por poco el centímetro. De no ser por las hojas y el largo delgado tubo del perianto, la Lapeirousia jacquinii parecería una violeta y la silenoides, con los pétalos rojos y violetas, de colores refinados, tono sobre tono, sorprende por la exuberante frescura con la que desafía a las mismas arenas candentes de la Moraea serpentina.

Las Romulea, dedicadas al mítico fundador de Roma, porque están presentes también en Italia con 3 especies poco conocidas (Romulea columnae, Romulea bulbocodium y Romulea requienii), pertenecen a la subfamilia de los crocos y como éste, durante once meses al año, pasan inobservadas.

Sus hojas, bajas y filiformes, se confunden con la hierba pero al final del invierno muestran unas flores increíbles. Corolas brillantes, resplandecientes, a menudo rojas, se abren sólo con el sol cuando la temperatura aumenta y los insectos están en plena actividad.

La Romulea monadelpha a primera vista parece un mini tulipán pero sus estambres dorados se unen elegantemente en lo alto (monadelfos, del griego monos = uno y adelfós = hermano, es el término con el cual los botánicos indican esta configuración de estambres) para formar unas pequeñas muy extrañas “coronas imperiales”.

Al género Babiana, de «Bobbejane», en Afrikaans «Babuinos», por la especial predilección que estos monos tienen por los pequeños bulbos comestibles, pertenece una cuarentena de especies, con flores a menudo reunidas en cortos racimos, en varias tonalidades y combinaciones de violeta y rojo.

Una combinación análoga, acentuada por una preciosa franja divisoria blanca, está presente también en las corolas «sorprendentes» de la Geissorhiza radians, sostenidas por delgados estilos.

Y no faltan ni siquiera especies con increíbles flores verdes, como la Ixia viridiflora.

Otras iridáceas como las Homeria comptonii y miniata, endémicas de Sudáfrica, las Galaxia, Aristea, Sparaxis y Freesia, también interesantes, parecen al compararlas menos espectaculares.

¿Y los gladiolos? En África crecen más de 200 especies sin contar los géneros afines Homoglossum y Watsonia, pero son a menudo muy diferentes a los pomposos híbridos de los floristas.

Las corolas, reunidas en espigas, presentan casi siempre manchas de color o llamativos diseños como publicidad de un buen néctar. Pueden ser apretadas una contra la otra, como en el Gladiolus carneus, en conjunto una especie bastante tradicional, o pertenecer a inflorescencias muy abiertas, con pocos elementos, como en el Gladiolus angustus.

Y todo puede ser también miniaturizado, reducido a unos centímetros, como en el Gladiolus scullyi, con hojas similares a hilos de hierba.

Las Watsonia se distinguen fácilmente de los gladiolos por los pétalos uniformes, todos del mismo tamaño, a menudo sin manchas; una “monotonía” compensada por la abundancia de las flores y un aspecto generalmente más gráfico. Altas hasta más de un metro, muy decorativas, toman a menudo el lugar de nuestros iris en los jardines sudafricanos, y florecen lentamente desde abajo, ofreciendo durante semanas a los polinizadores corolas en diferentes estados de desarrollo, perfectas para todos los gustos.

Casi todas estas plantas se podrían cultivar fácilmente en Italia, en invernadero frío o al aire libre, donde la temperatura no desciende nunca bajo cero.

Necesitan mucho sol y un suelo bien drenado, rico en arena, con el agregado, para las especies más grandes, de abono maduro. Debe ser viejo, bien descompuesto, sin elementos en fermentación que provocan marchiteces en los rizomas y en los bulbos.

Y no hay que excederse porque la prevalencia de las sustancias nitrogenadas sobre los fosfatos favorece a menudo el crecimiento de las hojas en desmedro de las flores.

Las especies de los suelos áridos no toleran las lluvias estivales.

Mejor entonces colocarlas en macetas y dejarlas en reposo, todo el verano, al reparo de una cornisa o un balcón.

Para las semillas es necesario escribir a viveristas o asociaciones botánicas sudafricanas. A veces tienen dificultad en germinar y el crecimiento de algunas especies es muy lenta. En compensación luego se propagan fácilmente, por división de rizomas o separando las vegetaciones que se forman junto a los bulbos y tubérculos.

 

GARDENIA  +  SCIENZA & VITA  – 1988

 

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