Jardín botánico Parc Phoenix de Nice: un inmenso invernadero

El parque de las maravillas. Todo sobre el Parc Phoenix de Niza. El invernadero más grande del mundo.

 

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Texto © Giuseppe Mazza

 

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

Safari o paseos entre el verde; cultura o diversión; especies exóticas o vocación mediterránea; ¿plantas de interés estético, botánico o alimentario?

El Parc Phoenix, 7 hectáreas de naturaleza a pocos metros del mar y del aeropuerto internacional de Niza, son un cóctel bien medido de todo esto.

Junto a una fuente realmente única, con chorros que bailan al sonido de la música controlados por una computadora, se puede asistir al nacimiento de gigantescas mariposas, de hasta 20 cm de ancho, admirar pájaros y peces exóticos, encontrar plantas nunca antes vistas, o sencillamente en una alcachofa en flor, que en el sector de las especies útiles al hombre, tiene la rara suerte de no acabar en olla, y asombrar a los turistas con sus llamativas corolas moradas, que brotan por miles, como pinceles, de los botones espinosos.

Pero vamos por orden. A la entrada, después de una faraónica gradería, hace los honores de casa un palmeral de Phoenix canariensis, especie originaria de las Canarias ya naturalizada en la Costa Azul.

Ha dado el nombre al parque rico en más de 50 tipos de palmeras, y no se podía elegir mejor, porque evocando además al legendario Fénix, el pájaro árabe que renace cada 500 años de las propias cenizas, expresa bien la filosofía de un jardín que renueva sin parar su estilo con exhibiciones temáticas y plantas insólitas.

A la izquierda un grupo ruidoso sigue las proezas de la “Fuente musical”; enfrente un lago con cascadas, cisnes y pelícanos; y a la derecha un sendero que lleva al “Jardín de los colores y los perfumes”, en donde cinco grandes cráteres tallados en el suelo muestran todos los matices del iris y enfatizan los aromas de una rica colección de geranios de hojas perfumadas.

Una península redondeada sobre el lago muestra las “plantas de los tiempos pasados”, Cycas, Metasequoia y Ginkgo biloba, descendientes directos de las especies que vieron los dinosaurios a los ojos.

Se continúa luego a lo largo de un camino y se llega a los “Jardines de la etnobotánica”, es decir de las plantas útiles al hombre. Un olivar con lagar, la viña, los cítricos, las especies aromáticas y medicinales, y hasta el huerto con las plantas antes familiares que hoy estamos acostumbrados a ver sólo en los libros o en las cajas de conserva.

Al lado una serie de grandes pajareras interrumpen el paisaje agreste con el “Canto de los trópicos”: gritos de coloridos pájaros diurnos que brincan sin parar y búhos con los ojos adormecidos que sueñan con tierras lejanas.

Se llega luego a un oasis perfectamente reconstruido, con arena y palmeras datileras, y a un bambusal, donde los pequeños se pierden en un enredado laberinto que desemboca en un gran parque infantil de estilo marinero.

Sobre el fondo el “Diamante verde”, la joya de la corona del Parc Phoenix, el invernadero, a un sol “tenant”, más grande que el mundo: una estructura circular, antisísmica, tallada como un brillante, que ostenta 22 m de altura y 100 m de diámetro, cubriendo en un solo bloque más de 7000 m2.

400 toneladas de hierro, 32.000 pernos, vidrios especiales antirreflejo, para no enceguecer a los pilotos del aeropuerto cercano y una computadora que regula con precisión en su interior la temperatura, la humedad, la ventilación y la sombra de cinco zonas climáticas tropicales.

En la principal, al centro, la humedad es altísima, gracias también a un lago, tapizado de helechos flotadores (Salvinia auriculata).

Alrededor una exuberante colección de plantas exóticas poco conocidas en nuestros climas, como la Palmera botella (Mascarena lagenicaulis), el Quassia amara, un curioso arbolito en flor empapado de una esencia amarga, usada en los trópicos por las grandes virtudes dermatológicas o el Árbol del viajero (Ravenala madagascariensis), pariente de los plátanos, llamado así porque hace sombra como un abanico, tiene semillas y brotes comestibles, y sobre todo deja en la base de sus gigantescos pecíolos una generosa reserva de agua con la cual pueden contar los viajeros.

Los Plátanos de flor (Musa uranoscopos y ornata) asombran por sus vivaces corolas; las Heliconia, pertenecientes a la misma familia, muestran increíbles inflorescencias zigzagueantes; y un pariente del jengibre, el Globba winitii, bate cada récord de rareza con florecitas sostenidas como una “lámpara” a brazos pendientes, franjeada por grandes escamas rojo-moradas.

Plantas de departamento como la Ixora coccinea, los Caladium o las Jacobinia, que languidecen por culpa de los radiadores en casa, aquí están al máximo de su esplendor; y no faltan naturalmente las especies exóticas de interés humano como el café, la pimienta, la caña de azúcar, la papaya, el algodón o las nueces de coco.

Una vasta zona está dedicada a las Bromeliáceas y a las Orquídeas. Plantas frecuentes en los Jardines como la Piña ornamental (Ananas bracteatus striatus) o la Tillandsia cyanea; híbridos espectaculares de Vanda o Phalaenopsis; y especies botánicas bien ambientadas como la Cattleya skinneri, que hasta forma unos “praditos”.

La Vainilla (Vanilla planifolia) asombra por sus flores verduscas. Se descubre que es una orquídea y que recién en 1841 se logró polinizarla artificialmente, puesto que lejos de México, por falta del insecto polinizador, no daba frutos.

De aquí se pasa a una segunda zona del invernadero, dónde la humedad es menor. Hospeda especies surafricanas, en su mayoría suculentas o bulbosas como las euforbias, las plantas piedra, las Moraea y un espectacular Crinum macowanii, que luce varias veces al año grandes ramos de “azucenas” blancas estriadas por fuera de rojo.

Un túnel conduce al insectario, que ostenta una extraña colección de animales parecidos a ramas secas o a hojas, y al acuario, rico en especie palustres y pacientes reconstrucciones de los arrecifes coralinos.

Luego ingresa nuevamente al gran invernadero, en el rincón destinado a las plantas carnívoras, para entrar en un tercer entorno climático, fresco y húmedo, dedicado a los helechos.

Plantas arbóreas, epífitas y abruptas especies de sotobosque; residuo de una antigua civilización vegetal, cuando de flores ni siquiera se hablaba, y las plantas confiaron a mil millones de esporas su frágil descendencia.

Talos adornados de arabescos, manchas o zonas herrumbrosas, que vuelven las frondas de un majestuoso Platycerium bifurcatum parecidas a los cuernos de los alces.

Un chalé estilo Louisiana, introduce en una cuarta sección dedicada a las plantas de departamento que se conforman con una luz modesta. Especies comunes y novedades; un muestrario práctico de formas y colores.

La última zona climática del Diamante está dedicada a las mariposas de los trópicos. Provienen de Malasia o de Madagascar y vuelan libres como en naturaleza, junto al público, posándose sobre sus flores preferidas.

No se usan obviamente insecticidas. Para controlar afidios, cochinillas y aleyrodides, en todas las secciones del invernadero están de ronda efectiva feroces filas de insectos predadores, sabiamente liberadas según un programa de investigación acordado con el INRA, el instituto Nacional francés de las Investigaciones Agrícolas.

Saliendo, después de un telón de perlitas metálicas que impide a las mariposas escapar, se encuentra nuevamente en el parque, que está aún a medio descubrir.

Un “Jardín de cactus”, un rosedal, una gran fuente con chorros de 12 m y una decena de paisajes botánicos entre los que se desprenden las plantas de ambientes salobres, la garriga, la mancha mediterránea y una estructura en rocas lávicas que hospeda la vegetación del Etna.

Una vasta zona, sobre el lado izquierdo del gran lago está dedicada a los jardines mediterráneos: rica colección de plantas a menudo descuidada por los paisajistas, pero muy decorativas y fáciles de cultivar, como el Echium fastuosum de las Canarias.

Unos 200 altavoces, escondidos como honguitos entre el verde en cada sección del parque, difunden músicas, sonidos de cascadas y el canto de los pájaros o los insectos; y para quien quiere saber todo, unas “burbujas sabias”, grandes esferas pintadas unidas a una computadora, informan sobre las especies de no perder en la lengua elegida.

Hasta se ha pensado en la vida subterránea de las plantas. En el corazón de una pirámide estilo azteca, cubierto por un prado, está preparada una exhibición permanente de lo que ocurre en el subsuelo: bulbos, raíces, topos, larvas y lombrices; todo el lado oculto del mundo verde.

 

GARDENIA  – 1990